28 dic. 2010

Cuándo y cómo coger al bebé en brazos

Muchos padres se preguntan si su bebé se va a malcriar por cogerlo en brazos, si será mejor dejarlo llorar en la cuna. La duda se alimenta con las presiones del entorno: “no lo cojas, que se acostumbra”. Encima, no están seguros de la forma correcta de hacerlo, “a ver si se le va a doblar el cuello o le aprieto demasiado”.
Antiguamente, el riesgo de enfermedad por contagio aumentaba con la manipulación y el trasporte de los niños, dada la menor higiene y la ausencia de vacunas. La idea de que “mejor no sacarlos” ha contado con muchos adeptos, considerándose la cuna como el espacio vital para la supervivencia del lactante. Pero hoy sabemos que atendiendo las demandas por llanto, y siendo solícito a sus llamadas, sobre todo durante las horas de día, se favorece el crecimiento y el intercambio de afectos. Nuevas percepciones a más altura - la de los confortantes brazos familiares- son el perfecto estímulo para desencadenar variadas sensaciones que completarán su desarrollo.
Cargar en brazos – este verbo connota pesadez- llevarlo en brazos, mejor dicho, es una oportunidad de estrechar lazos, amén de contribuir a descubrir el mundo ante unos ojos y oídos muy novatos, y los sentidos del olfato, el tacto y el gusto; porque el niño ve y oye casi todo, pero lo que toca, huele y hasta descaradamente saborea, es algo muy suyo: tú.
Recuerdo que mi abuelo veterinario me regañaba cuando yo dejaba la jaula del canario a ras del suelo, donde el pajarillo revoloteaba muy asustado: “ahí se siente amenazado, nene; ponlo en alto”. Pongámonos en lugar del recién nacido. Cuando nace, no sabe que ha venido al mundo en el año 2.010 d. C. Ignora que vivimos en comunidades seguras, sin un constante peligro del exterior y ajeno a los ataques de animales y bárbaros, a las tormentas y a las inundaciones en nuestras modernas e hipotecadas chozas. Y así, ignorante y vulnerable, desde esa cunita sostenida a tres palmos del suelo, el llanto del bebé podría explicarse como una manifestación de temor ante el ataque de alimañas, a su abandono a la intemperie, o a la pisada de un mamut. Por tanto, hasta que estos temores se superen, démosle nuestra protección: cojámoslo si llora, que el pobrecillo igual cree que se lo van a comer… Nada confortará más que unos brazos, como nido portátil, desde donde pajarillos y bebés pueden contemplar seguros los toros desde la barrera. Obviamente, sin olvidar que el bebé es un ser humano y no un mandril que tengamos que llevar encaramado saltando de rama en rama…
¿Y si no lo cogemos en brazos cuando llora?
El bebé seguirá llorando hasta que alguien atienda sus justificadas demandas de comida, bebida, abrigo, cariño o lo que sea. Si hiciéramos oídos sordos, y no hubiera nadie dispuesto a cogerlo, dejándolo llorar hasta la extenuación -como en el peor de los orfanatos-, el niño acabaría callándose, consolándose solito (y bastante ronco, por cierto). “Aquí nadie me hace caso”, pensaría. Y, tal vez, cavilaría: “por aquí no atacan las serpientes, ni pasan los bisontes, qué alivio”. Aprendería a tranquilizarse a costa de varios berrinches. Y ya no nos urgirá auparlo en brazos. Liberados de cargar con él (“porque ya es muy bueno y le gusta más su cunita”), la comida ya no se quemará en la olla, y la ropa de plancha no se amontonará en la canasta, vale, punto para Esparta… pero nos perderemos ocasiones irrepetibles de manifestarle afecto, de estimularlo y de satisfacer nuestro instinto parental, pues el tiempo no retrocede. Cuando cumpla treinta y tantos y vuelva atribulado por sus problemas, entonces será difícil tomarlo en brazos.

CÓMO COGERLO en brazos.
La respuesta es fácil: con cuidado y amor. El instinto nos llevará a cogerlo con mimo, respetando su tendencia a la flexión de las primeras semanas (como si fuese un ovillo, enrollado como estaba en el útero) sin olvidar sostenerle la cabeza. Los bebés son megacefálicos, es decir, cabezones. Hasta los tres meses, el cuello no posee el tono suficiente para sustentarla, de ahí que le baile un poco, si lo agarramos sólo por el tronco. Precisamente los pediatras evaluamos este grado de sostén cefálico como prueba de madurez psicomotora. Vayamos por partes.

La primera vez que es tomado en brazos, en la sala de partos, se utilizan las dos manos para trasladarlo: una para la espalda baja y otra para la cabeza, como hacía el mono Rafiki en la presentación del Rey León ante la asamblea selvática.
Si desde esta postura, de ofrecimiento a la luna, giramos nuestras muñecas hacia adentro, juntaremos al bebé con nuestro pecho: es la postura de “acogimiento”. Y si luego bajamos la mano que sostiene la espalda hasta colocarla en vertical con la cabeza, elevando ésta un poco, habremos puesto al bebé a la altura de nuestro hombro: es la postura del “vecino mirón”, el que asoma por la tapia de la casa pareada. Desde ahí, aparte de expulsar los gases, se otea un borroso paisaje intrigante y, de paso, se vigila la retaguardia del porteador. Además, desde el hombro, hará las delicias de los viandantes con sus cucamonas. Si de esta postura se cansara el niño o el porteador - lo mismo que de la primera, desde donde solo veía techos, cielos y papadas- podemos pasar a la postura de “la pantera descansando en la rama”. Boca abajo sobre nuestro antebrazo (que haría de rama de árbol) ladeando su carita hacia el frente, abarcamos la zona del pañal con la mano, mientras aplicamos una leve fuerza contra nuestro costado. (Se podrían llevar dos bebés, uno a cada lado). Así, o más inclinado, podremos realizar tareas como abrir la puerta, pasar el plumero o pagar un recibo, pues nos queda un brazo libre. Es ideal para calmar el dolor cólico, exponerlo ante la pila bautismal sin miedo a que se zambulla, y para recibir una vacuna en el muslito. Además, desde la rama de este árbol familiar, el panorama que se divisa es más variado que losetas y baldosas: el gato, el paragüero, las sandalias de la abuela y los hermanitos algo celosillos.
Existe otra postura, practicable a partir del 5º o 6º mes, en jarras o en “silla de montar”, a la cintura de mamá, muy común en determinadas etnias. Favorece el desarrollo de los huesos de la pelvis, pues con esta abducción o apertura, la cadera fragua correctamente, evitando cojeras en el futuro.
No deberíamos ser reacios a tomar al bebé en brazos: una entrañable forma de relación humana que caduca al poco tiempo; porque a partir del 2º año, lo que querrá es andar y explorar el mundo por sí mismo. Si después recurriera a nuestros brazos, sería porque está cansado o enfermo, tiene miedo o, simplemente, porque las vistas desde aquí son ideales para un desfile o espectáculo. Para eso están sus padres y cuidadores (familiares y amigos: ¡ofrezcan sus brazos; sobre todo, si ven a los padres agobiados!). De otro modo, mejor habría sido encargar una estatua bonita que decore el salón, justo donde podría figurar el bebé con los brazos extendidos, intentando dar sentido a este dulce período de nuestras vidas.

BENEFICIOS de coger en brazos al bebé:
Tranquiliza al lactante.
Mejora su desarrollo psicomotor.
Descarta enfermedades orgánicas (si se calla al cogerlo, no es grave)
Estimula la producción láctea en la madre.
Refuerza vínculos familiares.

Cuándo NO hay que cogerlo en brazos:

- Cuidador:
- Si realiza tareas peligrosas: cocinando, manejando sustancias tóxicas, limpiando ventanas, tendiendo ropa...
- Si padece epilepsia o cuadros convulsivos y no está controlado o vigilado (riesgo de caída.)
- Si cursa una enfermedad contagiosa sin medidas de protección (mascarilla…), o la higiene es deficitaria (lavarse antes las manos, cambiarse la ropa sucia…)
- Si se encuentra muy excitado o fatigado.

-Bebé:
- Si presenta fracturas no estabilizadas; fragilidad ósea (osteogénesis imperfecta) o capilar (vasculitis) con riesgo de hemorragias que aumentarían por la presión.
- Si padece reflujo gastro esofágico (niño regurgitador) y está recién comido (una vez que ya ha expulsado el aire tras la toma, porque echaría más bocanadas.)
- Si está tranquilo, no le toca comer ni algo indemorable, y al cogerlo se mostrase irritable.


Artículo publicado por Víctor Bolívar en la revista Mi Pediatra, nº 58, noviembre de 2010.