11 may. 2011

El desarrollo de los sentidos

Cuando nacemos, pasamos de un medio placentero inigualable a un mundo, digamos, menos cómodo, por el que llevamos nueve meses esperando. Imagina que estás tomando un baño en agua templada, flotando, casi ingrávido, adormecido por una suave melodía que recuerda al ritmo monótono y alegre de un corazón esperanzado. De pronto, alguien irrumpe en nuestro baño, enciende las luces, nos jalea con ruidosas palmadas y, cogiéndonos por la cabeza o por una extremidad, nos saca del agua. ¡Hombre, por favor…! Algo parecido sucedió cuando nacimos. Una sucesión de estímulos nos hace tomar conciencia de nuestro ser. Desde el sonido estruendoso que producen las tijeras de la matrona al soltarlas sobre la metálica batea, hasta esa luz deslumbrante que irradian los focos de una rígida cuna exploratoria, pasando por las manos -tal vez frías- del pediatra, las sombras y aspavientos de un papá nervioso y el aroma a calostro nutritivo de una feliz mamá.
En los primeros doce meses, el bebé tiene que enterarse de a donde ha venido. Así que no es conveniente privarle demasiado del ambiente que le ha correspondido en este sorteo de la vida. El sonido de la calle, el olor de la mascota, el reflejo del sol en las ventanas, la mantita áspera del coche... Es hora de vivir.
Décadas atrás, cuando la mortalidad infantil era muy elevada, a los niños se les mantenía mucho tiempo en el moisés y apenas se les tocaba, no fuera a ser que contrajeran una enfermedad, cuyas consecuencias -previas a la era antibiótica y de las vacunas- podían ser funestas. Se les tomaba en brazos, se les cantaba nanas, se les sacaba un poco a pasear… pero resultaba excepcional la figura de un padre jugando con su bebé, alzándolo en brazos como el mono Rafiki hizo con el hijo del Rey León en tal película. La estimulación se postergaba para después del destete. Tal vez por eso, los hitos que marcan el grado de desarrollo (cuándo sostienen la cabeza o se quedan sentados o comienzan a parlotear…) se sucedían algo más tardíos de lo que se ahora se producen. Hoy los bebés están más despabilados. Todos somos conscientes de que en la maduración del bebé debemos intervenir activamente. Y así, solemos regalarles juguetes con coloridos, sonidos y texturas variadas; porque la música, el color, y todos los materiales producen sensaciones que ayudan a su desarrollo.
“Todo se lo lleva a la boca”. Además de la vista y el oído, tres sentidos necesitan ponerse a prueba: El tacto, el gusto y el olfato. Para ello intervienen, sin duda, las manos, la boca y la nariz. Prácticamente todas las texturas que rodearon nuestra infancia nos las hemos metido alguna vez en la boca. Casi todo: Una tiza, una llave, una piedra, aquella flor, la cáscara de una mandarina, las gafas del abuelo. Conocemos a lo que sabe el yeso, el hierro oxidado y la mina de un lápiz: ¿a que sí?, porque han desfilado por ese gran centro de reconocimiento y catalogación de las cosas que es la boca. (Gracias a los ganglios de la garganta, a la saliva y su gran poder bactericida estamos vivos, qué tranquilidad.) Calibrar la dimensión de las formas, texturas y sabores entre la lengua y el paladar fue posible porque las acercamos con nuestras manitas. ¡Bravo por las manos! Cada vez que veo un bebé con unas manoplas puestas, suelo aconsejar que se las quiten. “Es que hace mucho frío”. A pesar de eso. Encorsetando sus dedos, estamos privando al niño de la capacidad de explorar el entorno, de manipular el sonajero, el embozo… Recordemos que el Homo sapiens alcanzó tal grado de desarrollo cerebral, entre otras evoluciones, por la adaptación del dedo pulgar, que se hizo prensil. Oponiéndose a los otros dedos y posibilitando la pinza, el pulgar nos dio mucho juego. Sin este dedo gordo, probablemente no podríamos agarrarnos a la vida. Estamos en deuda con el pulgar.
La estimulación precoz.
En los bebés, la estimulación precoz es siempre conveniente. No es, ni más ni menos, que jugar con él. Hablarle, cantarle, acariciar su piel, masajear sus músculos, tomarlo en brazos y dejarle objetos, que no sean peligrosos, a su alcance. Tan solo habría que evitar dar “mucha caña” a horas intempestivas y cuando está recién comido, por el riesgo de regurgitación. Las costumbres son muy importantes. Precisamente porque el niño tiende a adoptar costumbres rápidas, es por lo que no conviene educarle con un patrón rígido. Esto es: si le ponemos un trapito o un peluche durante las primeras semanas para que duerma, probablemente se acostumbrará a ello, y no es que sea bueno o malo, es que se hará “dependiente de”. Eso es lo que ocurre con el chupete, cuyo uso se recomienda durante los primeros meses de vida, porque se ha evidenciado que disminuye el riesgo de la rarísima muerte súbita. De la misma forma, ofrecer siempre los mismos sabores o texturas (“solo come el guiso que hace la abuela”) puede hacer más difícil la aceptación de nuevos platos. Por ello, es saludable variar el tipo de alimentación, incorporando una verbena de estímulos gustativos (combinaciones de dulce-salado-ácido-amargo) intentando diversificar el menú, para ofrecer un amplio abanico de nutrientes y educar al bebé en la variabilidad, haciéndolo un “todo terreno”.
La vista se desarrolla poco a poco. Al año ven prácticamente bien, aunque la visón de adulto tardará 4 ó 5 años en alcanzarse. El recién nacido ve borroso; más bien percibe sombras. Las siluetas se vislumbran como si estuviese el objeto detrás de un vidrio esmerilado. Cuando mira la cara de la madre, percibe contrastes claroscuros: la blancura de los ojos y de los dientes enmarcados en los óvalos orbitarios y bucales; de ahí que, cuando nos dirigimos a un bebé, instintivamente sonreímos y movemos la cabeza como si fuésemos una marioneta, a la vez que agudizamos la voz, porque hay que estimularlo con estos sonidos altos y agudos que no percibía en el útero; en cambio, la voz baja de papá y el latido monótono cardiaco de mamá, ambos sonidos graves, como ya estaba familiarizado con ellos, le calman. De ahí que se recurra a este tipo de sonidos para tratar el cólico del lactante o para inducir al sueño.
Cada lactante posee un ritmo propio de adquisición de destrezas y habilidades. Por eso no hay que atosigarle, ni compararlo con el de la vecina. En cada revisión, el pediatra explora el grado de madurez alcanzado; algo que con experiencia se puede evaluar en un par de minutos. Tomándolo en brazos, estimulándolo con unas llaves, acercándoselas y viendo cómo las manipula. O colocándolo boca abajo y llamándolo por su nombre. Cualquier déficit nos pondrá sobre aviso, obligándonos a mantener una vigilancia, especialmente en cuanto respecta al tono muscular (sostén de la cabeza, sedestación, deambulación) una vez descartados, por supuesto, que la audición –mediante la prueba los potenciales evocados- y la visión, con ausencia de cataratas, de estrabismos, etc. sean normales.
La anosmia, o ausencia de olfato, es el defecto sensorial más difícil de diagnosticar en el lactante; pero, por fortuna, es rarísimo, siendo el olfato el primero de los sentidos que revela nuestro origen mamífero ancestral. De ahí que, aún de adultos, cuando queremos apreciar las cualidades de un objeto, nos lo acerquemos a la nariz. Así sabemos si nos conviene. Aun con los ojos cerrados, el bebé acaba reconociendo a cada miembro de la familia por el olor que desprende. Por desgracia, los bebés acaban familiarizándose demasiado pronto con el tufo del tabaco, que habría que erradicar de su entorno.
Durante el crecimiento, todas las experiencias, incluidas las más desagradables: esos porrazos en la cabeza que nos hacen tomar conciencia de que tenemos occipucio; las heridas y arañazos, los conatos de envenenamiento por ingerir sustancias inapropiadas… delimitarán nuestro mundo en dos bandos: las cosas buenas y las malas.
El entorno del bebé debe ser un medio alegre y pleno de estímulos adecuados: visuales, sonoros, táctiles, gustativos y olorosos. Un ambiente seguro y vigilado, pero abierto a la exploración y al juego, donde de día imperen la luz y los sonidos de la cotidianeidad, y a la noche, la calma y la penumbra. Así, el cerebro producirá las hormonas cíclicas –melatonina, serotonina, hormona del crecimiento…- que impregnan el saludable ritmo circadiano “sueño-vigilia” vital para el desarrollo del niño.

¿Sabías que…
…hacia las seis semanas el bebé fija la mirada en quien lo está contemplando y responde con una sonrisa social.
…a los dos meses es capaz de seguir con los ojos el movimiento de una campanilla.

…a los cuatro meses distingue los colores azul, verde, rojo y amarillo.

…del quinto al octavo mes comienza a explorar su entorno, llevándose a la boca todo lo que está a su alcance.
…en el primer año tolera los sabores dulce, salado y ácido, pero rechaza el amargo.