11 jul. 2011

Más vale sombra que crema

Cada año por estas fechas hablamos de protección solar. Este año voy a ser más claro. Lo mejor es la sombra.
Que sí, que las cremas son muy buenas... pero nada como permanecer a la sombra, sobre todo entre las 11 y las 7 de la tarde; después, o antes casi da igual lo que se haga.

Un sombrero,unas gafas de sol, una buena camisa, una sombrilla... eso es mejor que las cremas, ya fueran de factor 80 y superresistentes a un inspector de hacienda.

Todos los protectores solares son muy recomendables... pero es imposible embadurnarse al 100%. Siempre quedará una zona sin proteger: ese espacio entre los ojos y los pómulos, entre la raíz del cabello y la frente, en el borde de las orejas.. .donde no extendimos bien la crema o el sudor hizo que se resbalase...ahí puede anidar la temida lesión solar. Y solo basta medio centímetro cuadrado de piel expuesta para que salga el problema. Para tener cita trimestral con el dermatólogo a partir de los cuarenta. O antes.
De ahí que, sin desdeñar la crema, busquemos la sombra.
Lamento tener mala sombra contando esto. Con lo bonito que es el verano, la piscina y Georgie Dam.

Sombreros, gafas, camisas,... La sombra de un robledal, por ejemplo.
Y salir al atardecer, cuando la brisa refresca un poco el panorama y el sol nos dice pausadamente adiós por el horizonte.

7 jul. 2011

El color de las heces

Para responder acerca de la normalidad o no de las deposiciones del lactante, se hace necesario conocer su edad y el tipo de alimentación, ya que el aspecto, la cantidad y su frecuencia siguen un patrón distinto según los días de vida y la dieta ingerida.

Las heces se forman en el colon a partir de los residuos de los alimentos no absorbidos, mezclados con las secreciones del tubo intestinal (incluyendo páncreas e hígado). Durante las primeras 24 horas, el bebé defeca unas heces de color negro, pegajosas o adherentes como la brea, que se denominan meconio. Contiene bilis y líquido amniótico junto con células descamadas del intestino, de la piel, e incluso pelos y esa secreción blanquecina que recubre al feto, llamada vermis caseosa.

Después, durante los siguientes 4 a 6 días, en las heces del recién nacido se mezcla el meconio con materiales fecales. Estas constituyen las heces de transición, cuyo color se va aclarando, pasando de ser verdosas a componer una gama de colores otoñales desde el amarillo hasta el marrón, variando según el tipo de lactancia recibida. Así, si se alimenta al pecho, suelen ser más amarillas, doradas, y más sueltas o ligeras. En cambio, tomando el biberón, las deposiciones se presentan más compactas, como la plastilina o semisólidas, y más pálidas; no siendo extraño que resulten de color verde brillante, bien al evacuarlas o tras un rato de darle el aire, y esto puede pasar con cualquier tipo de lactancia.

El olor también varía en función del tipo de alimentación. Es más intenso y parecido al del adulto en caso de fórmula artificial, pues al ser elaborada a partir de leche de vaca, contiene un perfil de aminoácidos que fermenta de forma distinta al de la leche materna, cuyo olor suele ser más neutro o incluso aromático, por la presencia de proteínas homólogas, además de las bifidobacterias saludables que ayudan a equilibrar el intestino y favorecer el sistema inmunológico. Bacterias buenas, junto con sustancias llamadas prebióticos  con las se vienen complementando las fórmulas en un afán de imitar a la naturaleza humana.

El número de deposiciones en el recién nacido es extremadamente variable. Puede oscilar entre una vez cada tres días, hasta llegar a doce deposiciones cada 24 horas; considerándose ambos casos los límites de la normalidad, a valorar por su pediatra. En general, las heces del lactante alimentado a pecho son más líquidas y frecuentes que las del lactante alimentado de forma artificial. Sin embargo, no es de extrañar que un niño alimentado a pecho presente intervalos largos, cada 24 o 48 horas o aun mayor tiempo. Esto no significa estreñimiento, aunque las heces sean duras y secas. A veces, puede ser consecuencia de una alimentación escasa, por insuficiente leche materna o falta de líquidos, sed relativa. Habrá que vigilar la ganancia de peso para diagnosticar si es debido a esa hipogalactia materna.

En el momento en que se empieza a introducir variados alimentos, las heces cambian de aspecto y color. Las frutas y verduras dan, a veces, distintas tonalidades según la porción de materia fecal observada. Incluso pueden verse trozos de comida sin digerir, con hebras, cubiertas o pellejos en las mismas (lientería). Esto suele desaparecer cuando va madurando el bebé y no indica necesariamente patología, tan solo que no se ha digerido por completo la comida.

Conforme crece el lactante, la consistencia de las deposicones se hace más sólida y además se van oscureciendo. Al ingerir los primeros purés con proteínas como la carne, este cambio de color a oscuro es más evidente, ya que las fibras cárnicas contienen el pigmento mioglobina, parecido a la hemoglobina de la sangre, que al oxidarse se oscurece (de ahí que la morcilla tenga color negro). De la misma forma, si el lactante ingiere sangre porque la madre tenga una grieta en el pezón, o bien el lactante presenta una úlcera en el tubo digestivo, la digestión de la sangre puede traducirse en la presencia de deposiciones de color negruzco (melenas).

Cerca del primer año, la mayoría de los niños suelen defecar, aproximadamente, una vez al día. Pero no todos. 

Definir diarrea o estreñimiento es cosa de médicos, teniendo por supuesto en cuenta la edad del niño. En el alimentado al pecho, ya hemos comentado que si presentara numerosas deposiciones en el curso de 24 horas (10 ó 12) pero estuviese comiendo bien, ganando peso, y en buen estado general, eso no significaría enfermedad; no debería llamarse diarrea. En cambio, otros niños, pueden tener tan solo una o dos deposiciones, pero tan abundantes que podrían llegar a deshidratarse. Todo es relativo.

La diarrea más frecuente en el primer año es la producida por infección intestinal, cuyo tratamiento pasa por un mayor ofrecimiento de líquidos y alimentos astringentes (arroz, zanahoria, manzana, plátano, yogur…). Otras veces su causa es la intolerancia a la lactosa, que se acompaña de heces espumosas y aumento de gases. En tal caso, habría que recurrir a fórmulas sin este famoso azúcar, que se encuentra en multitud de alimentos elaborados, además de en la leche.

Cuando las heces se eliminan en largos intervalos, y también son pequeñas, duras y secas podemos hablar de estreñimiento. Muy poca veces tal estreñimiento es tan pronunciado que origine una obstrucción intestinal. Conviene recalcar que la evacuación de heces con sangre puede aparecer por motivos banales durante la lactancia, pero obliga a un seguimiento, para descartar si se debe a la sangre de una grieta del pezón materno (bastante frecuente); a una fisura anal por estreñimiento previo; o a una inflamación intestinal, por infección (parásitos, enterobacterias…) o intolerancia alimentaria (leche de vaca, soja…) entre otras causas. Pero esto ya es otro tema.

Las heces son un subproducto de la digestión. Ningun régimen de alimentación debe empeñarse en dirigir sus pautas para conseguir unas deposiciones con unas características determinadas. A veces nos consultan padres y cuidadores obsesionados con el aspecto de las mismas, sin contemplar el estado de salud general del bebé. Esa ansiedad se produce por el contraste con lo que ven y lo que ellos tienen entendido como evacuaciones normales. Y la normalidad, ya hemos aclarado, es muy diversa. 

Recuerdo en el Servicio de Urgencias, un frecuente motivo de consulta así verbalizado: “Doctor, mi niño hace la caca fea..”, ante la cual, uno de mis veteranos maestros, en actitud tranquilizadora, solía responder: "se conoce que habrá alguna caca bonita, pero aquí aún no la han traído”.

¿Sabías que las heces de color… pueden ser debidas a… o inducen a pensar en ….?
Negras (como la pez o la morcilla): meconio, arándanos, hierro, bismuto, plomo, regaliz, tierra, carbón, sangre digerida (del pezón sangrante).
Rojas: sangre, gelatina roja, medicamentos contra lombrices, infección por bacteria serratia.
Blancas (como masilla de vidriero): enfermedad hepática, esteatorrea, antiácidos (sales de aluminio).
Verdes (¡muy frecuentes y normales!): lactancia materna, fórmulas especiales, tránsito acelerado.
Rosas (pero no tanto como para enmarcarlas): jarabe de diacepan, ingerir algunas pastas dentífricas.

¿Sabías que el reflejo gastrocólico desencadena la defecación y consiste en la aparición de ondas por todo el colon con motivo de la distensión del estómago al llegar la comida?


Publicado por Victor Bolívar, también en la Revista MI PEDIATRA, mayo de 2011.

1 jul. 2011

Aprender a usar el orinal

Aunque tengas un bebé de alrededor de un año de vida, si te llamas Jane y eres la esposa de Tarzán quizá no te haga falta leer este artículo. El control de la micción en tu hijo y el uso del orinal te resbalarían liana abajo. Taparrabos seco o taparrabos mojado no sería un gran problema en la calurosa selva; si acaso lo sería para los monos de los árboles de abajo, pobrecitos… Pero para los que no tienen en casa al hijo de Tarzán, vamos a dar unos consejos de cara a facilitar el logro de ese gran hito en la madurez fisiológica del bebé consistente en usar el orinal y decir adiós a los pañales.


De entrada, no hay una edad fija para controlar voluntariamente la emisión de orina. El arco de cifras que se maneja abarca entre los nueve o diez meses en los muy precoces hasta los tres o cuatro años en los tardones, siendo una etapa muy frecuente la que oscila entre los dieciocho y treinta meses, al menos para el control diurno de la micción.

Orinar a conciencia es un acto reflejo que precisa de una maduración del sistema nervioso en la que no podemos influir demasiado desde fuera. Algunos bebés mayores de un año pueden dar señales de que sienten necesidades, pero lo normal es que, como mucho, se quejen o pidan auxilio cuando ya tienen el pañal mojado.

Al principio, más que forzar a sentarlos en el orinal a determinadas horas del día lo mejor que podemos hacer es no estorbar la consecución del acto. No impedir que la llegada del estímulo por tener una vejiga rebosante encuentre al niño con una vestimenta imposible de desprender. De hecho, la estación del año influye, siendo más fácil que los lactantes que ya tienen cumplido el primer año al entrar en primavera o verano logren el control de los esfínteres antes que los que les coincide su primer aniversario con la entrada de la fría etapa invernal. La ligereza de la ropa estival y la bondad de la temperatura posibilitará que expongamos al niño sin pañales, sin el temor a que pille un resfriado con el culete mojado, en el muy probable caso de accidente o mojadura, con que, sin duda, no se consigue el éxito final. Por cierto, hay que evitar que el bebé acceda a estancias con suelos o muebles delicados, por el bien del mantenimiento del hogar, que no es la selva precisamente. Pero será inevitable que la ropa se manche al principio.

También es más fácil controlar la orina en el bebé que tiene hermanos mayores, por efecto de imitación, y porque los padres suelen estar más avezados en el manejo del orinal. Vaya por delante que en los hijos únicos sería conveniente que vieran a los mayores hacer uso del inodoro, porque así aprenden, tanto para las aguas blandas como para las duras. Y a los gemelos hay que enseñarles uno a uno a su propio ritmo. Nadie nace sabiendo. Somos un poco como los monos imitadores.

En este proceso de maduración lo más importante es no cometer fallos: una conducta muy rígida o sobreprotectora, así como la llegada de un hermanito podrían provocar una involución en este proceso madurativo.

Recuerdo el caso de un niño que no alcanzaba a controlar los esfínteres. Contaba seis años de edad, y aún andaba con los pañales puestos. Después de un largo proceso de investigación, logramos averiguar la causa: A la edad de dos años, estando en un centro educativo infantil, fue castigado, encerrado en el cuarto de baño por alguna trastada (¿). Un rato desesperado entre llantos y gritos de pánico, por cierto. De aquel trauma de guardería (coincidente con la etapa en la que estaba intentando abandonar el pañal) se generó un rechazo al uso del váter y, por ende, al del orinal. Un trauma que precisó de mucha paciencia y horas de psicología aplicada. ¡Ojito con los castigos…!

Por tanto, no se deben cometer fallos en este proceso de aprendizaje, no hay que tener prisas. Hay que evitar la imagen de la madre con la bacinica en la mano correteando al niño por toda la casa. Una persecución que, sobre todo al principio, obtiene un resultado azaroso, y no voluntario. Todo lo que sea envolver esta etapa de una atmósfera de cariño y con refuerzos positivos de los pequeños logros será muy beneficioso para la maduración del ser humano.

Sobre el uso de reductores del inodoro o del recipiente orinal, no hay indicaciones absolutas, úsese según arte. El WC impone algo de miedo, por lo misterioso de esa gran taza de cerámica que engulle las aguas. ¡Uy, qué sustillo…! Pero con la costumbre, se convierte en un acto independiente, en el que el propio niño es el protagonista, siempre que lo vistamos con unas braguitas fáciles de bajar por el mismo. Él o ella pueden entrar en el baño, subir la tapa y acoplarse en el adaptador de dimensiones reducidas antes de que nos demos cuenta. Una vez utilizado, inodoro u orinal, es conveniente aplaudir la “faena”, y elogiar el acto. Las primeras veces habría que demorar el hecho de tirar de la cadena o accionar el pulsador del agua porque le puede parecer contradictorio que su aplaudida “obra” desaparezca tan rápidamente, con lo que le ha costado hacer. ¡Un poquito de admiración! ¿no? No olvidemos que se trata de un bebé.
Hay madres que previamente sientan en el orinal a sus bebés de nueve o diez meses con el pañal, para ir creando el hábito, e incluso, que los obligan a sentarse después de haber “cometido el desliz”, en un afán de relacionar el acto con el método, haciendo la vista gorda a ese pequeño desfase en la sincronización temporal. “La próxima vez a ver si te sientas antes, cariño…” Son trucos que pueden adelantar un poco el logro deseado. Pero sin obsesionarse.


El control nocturno de la micción es otro cantar. Precisa de una mayor madurez y de ordinario se consigue entre los tres y cinco años, con periodos de escapes o mojaduras que mucho tendrán que ver con la tensión emocional y la ingesta de líquidos. Por eso hay que seguir acostándolo con pañal hasta que amanezca seco durante cuatro o cinco noches seguidas. Entonces habrá que dar el paso y arriesgarse a que duerma sin pañal (pero con protección del colchón, claro).

Se insiste en no ofrecer demasiados líquidos en la cena (sopa + verdura+ fruta + leche + agua… es igual a pipí a media noche, casi seguro). Por eso hay que acostumbrar a pasar por el baño antes de acostarse y, además, facilitar el acceso o colocar el orinal al pie de la cama, por si sintiera la necesidad en la noche. Elogiar al día siguiente el éxito es un gran refuerzo positivo, así como quitarle importancia al desafortunado escape, para no angustiarle.

Recordar que hay que invitar al niño o niña a usar el orinal siempre que haya pasado una hora o más desde las comidas, pues ya habrá asimilado el líquido ingerido y sus riñones habrán comenzado a filtrar orina, la cual poco a poco se va coleccionando en su vejiga. Igual que antes de acostarlo para la siesta. Y, por supuesto, siempre antes de salir a la calle o entrar en un recinto, si no queremos salir corriendo del cine en mitad de la película, por ejemplo. Y procurar llevar siempre encima una muda o atuendo para el caso de accidente o mojadura.

¡Ah…! y sobre el tipo de orinal, pues hay muchos: tipo silleta, de asiento cómodo y portátil con su recipiente, de un material que no resulte peligroso porque se pueda cortar (plástico irrompible), ni de metal, porque resultaría frío en invierno. En mis tiempos había dos clases de orinales: con cabeza de patito y sin cabeza de patito… Recuerdo, cuando éramos cinco hermanillos varones, que mi madre agarraba el pato por el pescuezo y, después del telediario, mientras nos propinábamos unos cuantos almohadazos saltando en las camas, solía dar una ronda por los dormitorios –como si fuese pidiendo limosna- y así vaciaba nuestras infantes vejigas en aquellas largas y frías noches invernales de los sesenta, procurándonos sueños cálidos y secos. Santas madres que lavaban mucha más ropa ¡y pañales! que la mujer de Tarzán, afortunada Jane..


Sabías que…

La cantidad de orina diaria varía desde los 20 a 50 cl. del recién nacido hasta los 500 cl. (medio litro) hacia el año de vida. Es de tres cuartos a un litro en la etapa escolar, aproximándose al litro y medio en la adolescencia.

El número de micciones aumenta de 2 a 6 el primer día, hasta 15 a 20 el primer año; siendo unas 5 ó 6 veces cuando ya controla la orina alrededor de los tres años, en que puede pasar seco más de tres horas.

Este número varía según la capacidad de la vejiga, la cantidad de líquidos ingeridos (en forma de bebida y en la incluida dentro de alimentos), la temperatura del ambiente (más con frío, porque además no se pierde tanta agua por el sudor) y el estado emocional del bebé (más con tensión nerviosa).