28 sept. 2013

Por un horario más natural.

Sabiendo que el sol es el eje de nuestras vidas, no podemos pasar por alto nuestra relación con el astro rey y su marcación en las horas del reloj. 
El ritmo circadiano es inapelable. La sucesión del día y la noche, la concatenación de la luz y la oscuridad con un baremo de grises, de sombras y penumbras afecta a nuestro cerebro y marca el ritmo de la actividad relativa al sueño vigilia. 
Hay que fijarse en la naturaleza para imitarla o falsearla en beneficio de la humanidad. 
Mi abuelo era un sol. Encendía una bombilla a las gallinas y, estas de noche, ponían otro nuevo. ¡Tontas gallinas engañadas por el sol pequeño de Edison! Aumentaba la productividad de los huevos.  
Mi abuela, cuando quería acostar a sus nietos revoltosos en las largas tardes de julio, cerraba a cal y canto las persianas del dormitorio, aún a las luminosas 9 de la noche, por sus ovarios. Impidiendo el paso de la luz de aquellos atardeceres estivales interminables, adormilaba nuestros ojos cansados por esa enorme yema incandescente del poniente penibético. Y, de paso, también velaba la luz del alumbrado de la calle alcalaína. Así apagaba nuestras infantiles retinas. Nos hacía hacer la noche antes de tiempo en aras de aumentar nuestro descanso. 
Ahora el Parlamento español, al igual que hicieron mis abuelos, puede jugar con el horario. Demostrar que son más listos que las gallinas.  El día es para vivir, la noche para soñar. Lo tienen a huevo. 

Ya está bien de niños dormidos en clase. De ojeras y bostezos.